sábado, 29 de noviembre de 2014

XXII

Hagamos que  hoy no existo, que no soy yo, que soy sólo ojeras y amaneceres trasnochados.

Me observo desde el espejo de mi habitación, cómo camino, cómo me comporto, creo que me odiaría, sí, me odiaría. 

Tal vez así tuviera la oportunidad de conocerme, y vería el por qué de mi reacción al escuchar un violín nostálgico.

Bajaría por un momento el telón de la arrogancia y encendería la luz tras bastidores.

Me haría preguntas para descubrir si puedo sincerarme por lo menos conmigo misma, me preguntaría por qué lloro con los anocheceres estrellados, sin duda alguna, sería una conversación entretenida.

Una escena parecida al cuento de Borges en las orillas del río Charles. 

Me observaría mucho tiempo como método científico para hallar infinidad de respuestas a mis interrogantes.

Hurgaría en los lugares recónditos de mi cerebro, me usaría como conejillo de indias para identificar el fondo de mis tristezas, y al fin colocarle marco a mis decepciones. 

Me odiaría, tal vez me odiaría; o simplemente me daría un abrazo marchándome rápidamente, otra vez, al país de la realidad.



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