A veces no me acuerdo de nada, de pronto de un alfiler
que cae al suelo y hace un ruido estrepitoso, o del
colibrí que estaba en medio de la calle, o del perro que se desintegró en 8
días y que con sus olores me recordaba al centro comercial.
Y entonces, sí sé fotografiar los colores del cielo o del
suelo, lo que me venga a la mente primero, o como en ese instante ayer, subí al
cielo por microsegundos, y se quedó en mí. Quería ir a la montaña rusa.
A veces
también mi mente se convierte en un ajedrez, y expongo a mis soldados y muevo
el caballo, pero también tengo que proteger a la reina; el rey no sirve de
mucho; yo no sé jugar ajedrez.
A veces también olvido la dialéctica para orar.
Y quedo
ensimismada, y no hay nadie, quedo ensimismada en las nubes, y en el verde de mi
jardín. El mundo me obligó a ser poeta, soy mi propio Dios de perdones y
confesiones. Soy mi propio Dios, ese del cuerpo y sangre de cristo, ese; que
nos dan en galletitas que se parecen a pancakes.

